Trabajando en: encontrar la inspiración donde menos te la esperas

Tengo la bonita costumbre de cogerme las vacaciones a primeros de julio, recordando aquellos meses de julio de la infancia de veranos tórridos en los que a la hora de comer uno solo podía encontrar refugio del calor contemplando a los ciclistas en el Tour escalar puertos imposibles bajo lluvias torrenciales y vendavales alpinos que te provocaban una cierta sensación de alivio con el fresquito que emanaba de la tele.

Ahora los meses de julio se han convertido en una deprimente sucesión de días de tiempo inestable con temperaturas relativamente bajas (para lo que uno espera de julio) y un viento indeseable que provoca constantes pérdidas de locura e impide hacer cualquier cosa que incluya elementos propensos a salir volando sin control de la mesa hacia el infinito y más allá o que te seca la pintura directamente en el bote antes incluso de haberla vertido en la paleta.

Y para más inri, el Tour ha perdido cualquier atisbo de epicidad y los corredores se limitan a pasearse por la Guía de Castillos y Mansiones de la Vieja Francia de Carlos de Andrés y Perico Delgado sin mas heroicidad en las 3 semanas que la de evitar en un par de instantes evanescentes la caída en el sopor más profundo y la correspondiente siesta diaria por algún desgraciado accidente en carrera o los comentarios vertidos por algún invitado fuera del control de la línea editorial de la cadena negando que esta nueva e insulsa forma de ciclismo de pinganillos, motorcillos en las bicis y contrarelojes de chichinabo en las que nadie ataca a nadie pueda denominarse como ultraapasionante.

En fin, que tras finalizar el periodo vacacional con ciertos aires de languidez, llega agosto con un calor sofocante y la vuelta al trabajo. Y cada día, tras las correspondientes 8 horas haciendo el indio en la oficina de 7 a 15, resulta complicado sentarse en el ordenador otras tantas horas mientras la elevada temperatura se encarga de poner a prueba la refrigeración del ordenador y la de los mecanismos celulares de mi cuerpo que tratan de impedir la desnaturalización de mis proteinas.

¿A que viene todo esto?, te estarás preguntado. Pues a algo tan sencillo como la sobreabundancia de la procrastinación.

Ese bonito e impronunciable término que recoge de forma inmejorable el concepto que expresa esa intención de trabajar, sentado en la silla, observando a la pantalla, durante horas y horas que se suceden con la misma fluidez que tratar de cruzar unas arenas movedizas bajo una lluvia espesa de melaza, sin ser capaz de hacer absolutamente nada productivo.

A no ser que ver vídeos musicales en youtube de este tipo se pueda considerar productivo:

No se que me ha provocado más pérdida de cordura, si la performance del Fortu con la acústica, el movimiento de caderas del Jero, los trajes de orquesta cubana con ese terrible aspecto noventero o el demencial playblack, pero hay un momento brutal de incontenible vergüenza ajena en el que Fortu acaricia la cabeza de una señora como si fuerra un Terrier con la correspondiente mirada de desconcierto... que sí que me ha vuelto "Loco" de verdad.

Y sumido en este tipo de reflexiones las tardes vuelan sin ser capaz de escapar de la procrastinación, hasta que en una lista de reproducción aleatoria, de repente el universo cobra sentido y se encuentra uno en mitad de una epifanía de inspiración arquitectónica sin par.

Para ponernos en situación, supongamos que estás viendo un video como éste:

  

En los primeros fotogramas, en ese ambiente lúgubre y plomizo (nunca mejor dicho), se vislumbra entre la niebla la figura de una especie de aberración arquitectónica de pesadilla surgida de algún tipo de sueño perturbado con los tentáculos del gran cthulu o uno de sus primos impronunciables e incognoscibles como protagonistas.

Y en el instante en que se cumplen un minuto y 4 segundos de descarga metalorapérica, se muestra en todo su esplendor el horror cósmico transformado en arquitectura revolucionaria y modular creada a base de hormigón hispanistaní y elevada en los años 60 al rango de culto por los adoradores de la corrupción traida por ese Gran Señor del Caos y del Mal encarnado en la figura de Aquél Arquitecto del Horror conocido como le Corbusier.

A la espalda de Toni Mejías, AKA Toni el Sucio, AKA Toni el limpio (aunque por el aspecto actual podría bien ser Toni el flaco) y en pleno flow, emerge impresionante y como surgido de un abismo de pesadilla y demencia de soluciones constructivas transformadas en brutales perversiones la sombra de un engendro de aspecto familiar al que reconozco de alguna forma por formar parte de mis delirios más oscuros de creación de escenografía tétrica que jamás puedo recordar tras despertar del infernal sueño.

Aunque en un principio imaginé que este horror tenía que ser fruto de alguna infografía 3D inspirada por la insania febril de su autor, la realidad es que no ha sido complicado identificar la ubicación real de este esperpento, conocido mundialmente como el "Hotel Claridge", situado en las cercanías de Honrubia (en Cuenca), y actualmente clausurado y abandonado en medio de la desolación de la vieja Nacional III cuyo tráfico fluye en la actualidad por la A3.  

Si en lugar de Cuenta el edificio se encontrará en Missouri u Ohio, hubiera sido el escenario perfecto para cualquier rodaje futurista / cyberpunk / postapocalíptico / zombie / demoniaco. Pero como esto es España, lo único que le espera es la ruina.

Parece mentira que los productores tengan la creatividad de crear un pasado alternativo en el Ministerio del Tiempo en el que mis antepasados vallisoletanos disfrutaban de altas montañas en mitad de la ciudad más plana de Europa, pero a nadie se le haya ocurrido darle vida cinematográfica a semejante recurso.

Bueno, reconozcamos que Fernando León de Aranoa lo utilizó para "Un día perfecto", pero no la he visto y además no salen hordas de zombies mutantes atacando el edificio ni está ubicado en algún asteroide lejano que sirve de refugio inesperado a cualquier aberración cósmica.

Y si alguien quiere saber más, aquí tiene toda la información que pueda necesitar: https://nacional3rutahistorica.blogspot.com.es/2016/10/hotel-claridge-de-alarcon-esplendor-y.html

Pero lo más curioso de esta historía es que de entre los escalofríos neuronales que provoca la visión de esta deformidad de la razón humana surge una extraña relación con uno de los estilos arquitectónicos que más me interesan desde el punto de vista de la creación de escenografía para wargames futuristas o ámbitos similares: el Art Deco.

El Hotel Marlin, en Miami Beach es un bonito ejemplo de este estilo:

Lineas sencillas, diseños limpios, utilización de superficies curvas. Un estilo que evoca modernismo y luminosidad. Ideal para representar un futuro en el que la Humanidad no ha dejado de asesinarse sin descanso, pero en el que se han desarrollado tecnologías maravillosas y nuestras ansias de escapar de este planeta (para expandir a tope nuestra propia putrefacción como especie) han permitido  la colonización el espacio.

Lo de la arquitectura basada en catedrales góticas con gente escribiendo en papiros a mi no me acaba de convencer a la hora de imaginar cruzadas galácticas, pero he de reconocer que para representar un Imperio genocida y exterminador de Xenos la figura del Hotel Marlin no termina de encajar demasiado bien. Ni el más chungo de los astartes alojado en una suite doble en un entorno así se pensaría el ir a exterminar especies alienígenas al último rincón del universo con lo bien que se tiene que estar ahí tomándose un mojito fresquito.

Para ese tipo de entornos insanos, hay que reconocer que la sombría tracería gótica mezclada con el aire tecno-industrial es mucho más evocadora.

Ahora bien, si fijas la mirada en el edificio del Claridge, puedes ver cómo los conceptos aplicados al art-deco se transforman en una versión cadavérica y degenerada de las mismas. Toda la luminosidad del estilo original se ve transformada en una especie de agujero negro que absorbe tu percepción de la realidad, la devora y después de digerirla en ácidos corrosivos la regurjita en un espectáculo desolador de corrupción ultracósmica.

Este año he tenido la oportunidad de visitar Whitby y su derruida abadía. Un pueblecito costero de Yorkshire, en la costa este inglesa en la que Bram Stoker pasaba sus veranos y recogió la inspiración necesaria para escribir ese gran clásico del Terror gótico que es Drácula.

Viendo las imágenes del Claridge, lamento que ningún Bram Stoker (o Stephen King) nacido en la estepa manchega hubiera tenido la horripilante idea de regalarle una luna de miel a su prometida en semejante monstruosidad de hormigón armado, porque aquella ocasión podría haber legado a la humanidad una de las obras cumbres de la literatura fantástica de la truculencia. 

No puedo imaginar un escenario más ignominioso para tratar de celebrar un evento familiar o reposar un par de días a la orilla del pantano de Alarcón, a no ser que lo que pretendas es asesinar a toda tu familia con un hacha después de regalarle un triciclo a tu hijo para recorrer los pasillos, pero tengo muy claro que si un día la humanidad decide invadir el resto del universo exterminando a todo bicho viviente en nombre del Emperador, el Edificio Estandar Universal para mantener el espíritu genocida de la población tendrá que ser muy similar al viejo Hotel Claridge (acompañando de unas buenas migas manchegas a 45º a la sombra).

Un búnker, un cuartel general, un hospital en el que someter a la población a terribles mutaciones, un manicomio de alta seguridad donde se trepana a los enfermos y se sustituyen partes de sus cerebros por masas de fármacos psicóticos, una cárcel inexpugnable en la que retener a los individuos más peligrosos del sistema solar...

La verdad es que este edificio debería haber sido una fuente de inspiración inagotable como la vieja abadía de Whitby.

Todo lo malo que puedas imaginar, será peor seguramente tras esas paredes grises frías y repugnantes que parecen supurar chorros de deformidad.

Hasta ahora, he modelado algunos edificios para escenografía futurista inspirados en las líneas del Art Decó, pero todos tienen aspecto de hotel, centro comercial o lujoso edificio de apartamentos. Sin embargo, tras el descubrimiento del Claridge se abre ante mi un nuevo horizonte de sucesos. ¿Es posible llenar las mesas de juego para wargames futuristas con elementos arquitectónicos comparables al Hotel de la N.III como homenaje a esa infame perversión de la arquitectura humana?

De momento no puedo ofrecer una respuesta. Simplemente preaparar mis capacidades al completo para enfrentarse a esa reproducción de la Capilla Sixtina de la Putrefacción edificada.

Pero más allá de la desproporcionada tarea que supone para un mero mortal enfrentarse a la contemplación de esta brutal monstruosidad, la momentánea sacudida de cordura me ha permitido abandonar mi constante estado de procastrinación y recuperar la capacidad de hacer algo más que devorar videos de heavies haciendo el ridículo en los programas de TV de sobremesa con el mismo nivel de vergüenza ajena que ver a tu padre borracho bailando en una boda.

Y de esta forma he podido hacer algo provechoso esta semana, como preparar un nuevo edificio futurista en el que todavía he sido capaz de intentar recoger algo de esa esperanza en el futuro de la humanidad que prácticamente ha sido borrado por completo durante mi enfrentamiento con la espantosa silueta del Hotel Claridge.

Y aunque estoy muy liado y tengo mil proyectos en marcha a la vez, espero la semana que viene comenzar a imprimirlo porque tengo ganas de tener la escenografía futurista suficiente como para poder ofrecer una visión de conjunto de los edificios que he ido imprimiendo en los últimos meses.

Y por supuesto, disfrutarlos como se merece haciendo algún que otro descanso lúdico para poder echar alguna partida.

Bueno, la verdad es que esta semana también me he modelado prácticamente el semioruga estadounidense M3A1 "half-track", pero esa es otra historia que no pega con lo del Claridge...