Modelando tanques soviéticos en el frente de Stalingrado

En estos días de calor (y tormentas) previos a las vacaciones, estoy aprovechando el bajo rendimiento neuronal propio del estío para disfrutar del primer volumen de la "Tetralogía de Stalingrado" de D. M. Glantz: "A las puertas de Stalingrado". Casi 600 páginas de una enumeración infinita de ejércitos, divisiones, cuerpos, grupos, regimientos y batallones desplazándose por las estepas rusas entre ataques y contraataques durante la primavera/verano de 1942 (con un calor tórrido como el que sufrimos aquí), en el transcurso de la operación Blau, cuyo cometido era el de apoderarse por parte de los nazis de los pozos petrolíferos del Cáucaso, y que terminó ahogando al ejército alemán en el maelmstrom de Stalingrado.

Después de haber disfrutado en los últimos meses de 27 novelas de la herejía de horus una detrás de otra, el libro se me hace algo frío en comparación con las andanzas genocidas de los marines espaciales por la galaxia, más cercano al manual de un wargame que a la descripción de una batalla que segó 2 millones de vidas en apenas 8 meses, pero es muy interesante la visión renovada que ofrece de una campaña que habitualmente se describe como una retirada ordenada de las tropas soviéticas con el fin de evitar debacles como las del año anterior en Barbarrossa y alargar / estrangular las líneas de suministros de los alemanes. Según el autor, la supuesta retirada, popularizada tanto por la literatura soviética para ocultar su incapacidad operativa, como por los alemanes para encontrar una excusa a las intromisiones de Hitler y a lo descabellado de la propia ofensiva, en realidad parecen ser un contínuo intento del ejército rojo por detener la ofensiva germana, pero sin demasiado éxito más allá de desgastar los ya de por si escasos recursos del ejército aleman. 

Stalin y la Stavka estaban convencidos de que Hitler planeaba atacar de nuevo Moscú y concentraron el mayor número de tropas y las más experimentadas en ese frente, pero más allá de esta circunstancia, la mayor debilidad del frente del Cáucaso provenía tanto de la purga masiva de oficiales y la inexperiencia de los mandos recién formados, como de la incapacidad de las  tripulaciones y comandantes de los grupos de blindados para operar de forma coordinada.

Por ejemplo, en la batalla de Voronezh, en apenas 4 semanas de julio de 1942, las bajas del 40º ejército soviético registraron casi 600000 bajas (muertos, heridos y prisioneros) de las 800000 fuerzas iniciales. Una cifra demasiado elevada como para considerarla una "retirada ordenada" que permite hacerse una idea de cómo funcionaba la "picadora de carne" de los contraataques del ejército rojo.

De esta forma, y a pesar de la orden "Ni un paso atrás" emitida por Stalin y de los batallones de castigo y comisarios del NKVD dispuestos a todo para garantizar su cumplimiento,  todos los intentos hacer frente a las oleadas de panzers y a la supremacía aérea de la Luftwaffe terminaron en la mayor parte de las ocasiones con los soldados soviéticos en retirada, pero a diferencia de lo ocurrido en el año anterior, las maniobras en pinza de la Wermacht no fueron capaces de cerrar el cerco y embolsar a las tropas enemigas, por lo que el número de prisioneros fue notablemente menor.

Esta última circunstancia, unida a que los historiadores soviéticos ocultaron buena parte de esta información sobre las consecutivas contraofensivas fracasadas hasta la caída del muro, probablemente han dado lugar a esa imaginería de la "retirada progresiva".

La verdad es que lo que más me asombra de la narración basada en la descripción de las operaciones estratégicas, es pensar que todos esos numeritos encierran a millones de combatientes metidos en un fregado de dimensiones apocalípticas con una voluntad de dejarse la vida en ello que se me antoja incomprensible, sobre todo por parte del "invadido".

Supongo que la defensa de "la madre patria" puede ser un buen aliciente para mantenerse en pie frente al invasor, pero la incompresión es todavía mayor cuando uno compara la resistencia en el frente oriental con los 15 días que aguantó sin venirse abajo el "mejor ejército de Europa", léase Francia (en comunión con Inglaterra), frente al empuje de un ejército aleman que en en 1940 era una broma comparado con lo que le echaron encima a los "rusos" en estas operaciones del 42/43.

Los franceses, quizás los seres más chauvinistas del universo, tenían también su madre patria, y además enarbolaban la bandera de la libertad, la civilización, la democracia y unos quesos estupendos frente al totalitarismo nazi y el tradicional militarismo prusiano, pero fueron los granjeros de las estepas euroasiáticas las que les sacaron los colores a la hora de enfrentarse al invasor.

Puede que una parte de los mandos franceses estuvieran más ocupados en buscar un sillón en el futuro régimen Vichy y apoyarse en la ocupación alemana para exterminar el virus evolucionario que recorría Europa, que en reaccionar al grand prix panzer desde las Árdenas hasta el Canal, pero la Stavka no mostró menos incompetencia entre 1941 y 1943 de la que mostraron sus homólogos a las órdenes del ínclito Gamelín. No obstante, mientras los soldados franceses e ingleses corrían asustados de sus propios disparos, "el Ejército Rojo (de campesinos) fue eficaz porque fue capaz de seguir combatiendo a pesar de un liderazgo débil en unidades grandes y pequeñas, entrenamiento inadecuado, planificación chapucera, logística inestable, estructuras de mando confusas, entrometimiento político, economía perturbada y, sobre todo, bajas masivas" (en palabras de la obra Why Stalin's Soldiers Fought, del Prof. Reese).

Es complicado imaginar lo que se le pasaría por la cabeza a un joven de 18 años arrancado de su aldea, entrenado en lamentables condiciones durante 15 días, y lanzado de cabeza a la picadora de carne sabiendo que sus posibilidades de sobrevivir eran muy escasas, y se hace todavía más complicado puesto que no existen prácticamente referencias bibliográficas al soldado raso del ejército soviético, a diferencia de los combatientes de otras nacionalidades cuyas experiencias, motivaciones y memorias se han detallado con notable profusión. Algunos autores han apelado al adoctrinamiento stalinista, al amor a la madre rusia, a la camadarería, al terror frente al terror, al apego al terruño, etc., pero la realidad es que si por algo se caracterizan los soldados soviéticos que cayeron a millones en el frente oriental, es por su más absoluto anonimato dentro de la maquinaria de resistencia de la URSS frente al fanatismo nazi.

De esta forma, se me antoja pensar que frente al fanatismo la única respuesta capaz de derrotarlo es una versión especular de dicho fanatismo... un pensamiento que da escalofríos aún a pesar de los 35ºC que tenemos hoy a la sombra.

Y toda esta larga reflexión venía simplemente a cuento de que para ambientarme en la narración del libro (y en las andanzas de los jóvenes campesinos que pasaron del arado romano a estar encerrados en un trasto acorazado de 30 toneladas que se convertiría en la mayor parte de los casos en su propio ataúd donde reposarían sus cuerpos calcinados), he comenzado a modelar algunos de los carros blindados de la serie KV, desarrollados por la industria soviética y utilizados en las fases iniciales del conflicto.

A pesar de su superioridad frente a la mayor parte de los carros y armas contracarro alemanas contemporáneas, pues su blindaje los hacía prácticamente inexpugnables (excepto a los 88 antiaéreos), la mayoría siguieron la misma suerte que sus tripulantes humanos y cayeron bajo fuego alemán en una picadora de acero cuya capacidad de reposión constante a lo largo de estos meses de deblaces contínuas, sin embargo, nos recuerda que si las batallas se libran en el frente, donde se ganan las guerras es en la retaguardia.

Cuenta la historia que uno solo de estos "matanazis", un KV-2 estacionado en un puente sobre el río Dubissa (Lituania),  bien por avería, bien porque sus tripulantes no tenían escapatatoria, bien por capacidad de sacrificio, porque nadie conoce ni sus nombres, fue capaz de inmovilizar el avance de la Sexta División "Panzer" durante el 23 y 24 de junio de 1941, retrasando el avance sobre Leningrado y dando un poco de margen a los defensores de la ciudad.

Años después, Hollywood escucharía esta leyenda y cambiaría el decorado sustituyendo a la tripulación rusa por el último gran héroe Brad Pitt con su tripulación de alegres compañeros estaodunidenses, y la inconfundible figura del KV-2 por la de un americánisimo Sherman, pero la realidad es que los que derrotaron al supremacista Hitler, fueron varios millones de campesinos con una voluntad de hierro, como la de sus tanques.